Manuel Escribano Rodríguez

Buenos Aires

LA CANAL

Entre las dos sierras
brotas tan callada;
entre canchos grandes
y las hierbas blandas.

Naces cual la vida,
al nacer el alba;
naces a raudales...
Te arrullan las auras.

Los álamos grandes
te montan la guardia
y las madroñeras
te tejen guirnaldas.

Tú sales del parque
a chorros de plata:
limpia, cristalina,
fresca, dulce y clara.

Y los pajarillos,
con sus dulces arpas,
contentos saludan
tu nacer de agua.
¡Ya suben, ya vienen!...
las mozas más guapas,

con cestos de ropa
a tus aguas claras.

Los cestos de mimbres,
de mimbres muy blancas,
sobre sus cabezas:

¡no hay miedo que caigan!

Tienen equilibrio,
tienen esa gracia
que cada casita
refleja en su cara.

Sabes los secretos
de cada semana,
por las lavanderías
que lavando charlan.

Y cuentan... y cuentan...
- Fulano y Fulana,
mujer, ¿no lo sabes?.
Se quieren, se aman.

- Mira, ¡no me digas!
- Sí; juntitos andan.
Y ayer en el baile...
¡vaya si bailaban!.

Y en tu espejo limpio
se miran sus caras;
y el eco repite
sus dulces tonadas.

Tú las ves tender
la ropa ya blanca,
al sol que la besa
y la vuelve cándida.

Tú bajas corriendo
hacia el pueblo, agua,
que darás la vida
a aquél de las Casas.

Tu murmullo es dulce,
cual de enamorada;
tu cantar suave
que a todos embriaga.

Yo siento por ti
la dulce añoranza
de mis años niños,
cuando me acercaba
con labios sedientos
-calor que abrasaba-
-y tú eras tan buena:
mi sed apagabas.

Me sabias a poco
y tanto me dabas,
cuando yo encalmado
sudando llegaba.

He bebido mucha,
mucha, mucha agua.
Como mi Canal...
¡nada, nada, nada!

Sementera nr. 24-25 octubre de 1997.