Manuela Villa Galván.

Frenegal de la Sierra, Badajoz

 

AÑORANZA

Madre, tengo que contarte tantos sentimientos que llevo dentro de mí. Quizá debí haberlo hecho hace tiempo, pero no somos conscientes de la dependencia tan grande y tan necesaria del ser que te engendró y te guió por los duros senderos de la vida, hasta que la fría y oscura muerte nos separa. Pero, la separación no es definitiva, estoy segura de ello, porque en cada rincón siento tu presencia, y quizá sea entre los muros del cementerio donde menos te percibo.

Llego hasta la plaza de Fregenal, mi pueblo, y te escucho diciéndome: observa el santo colocado en lo alto de la fachada de la iglesia de Santa María, tiene sus manos bajas y abiertas. Así es cómo hay que llevarlas, bien abiertas y dispuestas a no almacenar nada oscuro en ellas.


Eso es lo que yo pretendo ahora, no almacenar nada de lo que llevo en mi alma, porque estos sentimientos que en su día no te conté hoy me pesan y, me agota tanta carga. ¡Cuántos recuerdos tan bellos y tan míos! Nadie podrá arrebatármelos.

 

Recuerdo cómo nos sentábamos en la fuente de La Fontanilla mirando su escudo real y jugueteando con el agua que aún creo tener entre mis manos, estas manos que siempre procuro llevar abiertas, como tú me enseñaste. Cierro los ojos y me veo bajando a tu lado por la calle Orihuela grande hasta nuestra casa, mi casa, que no sólo era la del número 91, mi casa era todo el barrio, con su fuente, su media luna y con su albuhera llena de patos y de muchachos con su caña de pescar. ¡Qué distinto es todo en la ciudad, madre! Cómo me envidian mis hijos cuando les hablo de mi infancia. ¿Recuerdas la casa del señor Laureano, con su gran higuera? Aún sigue allí, cargada de higos. Este año por feria abrí la casa y, está enorme, sus ramas ocupan todo el corral. Ya nadie recoge sus higos, tú eras la encargada de ello.


Aún siento algunas noches cómo te acercas a mi cama para darme un beso y decirme: ¡a dormir, vida mía!


¡Cuánto perdimos marchándonos del pueblo buscando un futuro en la ciudad! Perdimos parte de nuestra libertad, empezaron los horarios en las fábricas, a veces demasiado amplios y, se acabaron los apacibles días labrando nuestra tierra y respirando su aroma. Esa sensación jamás la percibí en la gran ciudad. ¡Cómo la añoro! Cambié los paseos por mis hermosas calles por los largos viajes en metro y en autobús hasta el trabajo, el cántaro y el barril de acarrear agua de mis fuentes por el frío acero del grifo en la cocina, las largas horas dedicadas a lavar la ropa en los lavaderos charlando con mis vecinas por la frialdad de una lavadora, los helados caseros del señor Isidoro por los de máquinas, las patatas fritas que hacía la señora Agustina en la plaza, por bolsas fabricadas desde unos meses antes y mis pies descalzos se calzaron, pero ya no eran mis calles las que recogían mis pasos.


Todo aquello que en el pasado se me antojó progreso, hoy me deprime y me doy cuenta de que nunca debí marcharme, que lo que gané no fue gran cosa comparado con lo que perdí. Tú sabías que en un futuro me arrepentiría, me conocías mejor que nadie.


Ahora todo es tan distinto… Yo quisiera estar donde está mi corazón, que no es precisamente en la ciudad, pero aquí también tengo unas enormes ataduras: mis hijos no se sienten del pueblo como yo, y ahora me encuentro en una enorme encrucijada entre mis raíces y las raíces de mis hijos que no son las mismas. Y, lo que más me duele, son los años que pasé sin ti, sin apenas verte, imaginando tu dulce voz y la expresión de tu rostro al tiempo que leía tus cartas. ¡Qué relación más fría! Toda una vida imaginada a través del papel escrito… Qué distinto hubiera sido todo si hubieras vivido el crecimiento de mis hijos, en vez de leerlo plasmado en un folio. Cuánto más los hubieras querido si en lugar de acariciar su cara sobre una pequeña fotografía, hubieras podido tocarlos a tu antojo, sin prisas, como hacías conmigo.


¡Cuánto echo de menos tus sabios consejos de corazón y manos abiertas sin ocultar nada oscuro, y tus deseos de buenas noches vida mía!
Ahora que pretendo volver a mi pueblo, ya no estás tú, pero aún así, volveré a mi calle Orihuela Grande y, pasearé por todo Fregenal recordando mi infancia y recordándote a ti, madre.